Eramos unas chiquillas saliendo de la secundaria. Algo -que no recuerdo qué- había generado tremendo desencuentro con mi buena-mejor-amiga “la líder”. Y eso, en la secundaria no se debe hacer.
Apenas crucé la puerta, las vi: el grupo de las malas en la esquina de la escuela y la lidercilla -antes mi buena-mejor-amiga- al centro. Me miraban dejando escapar risitas.
Y yo, confieso, sentí que se me doblaban las piernas. Quise llorar, salir corriendo, huir pero también siempre supe que ahí es donde estaba por decidirse -en buena parte- mi futuro escolar.
Caminé súper cool hacia la esquina en donde yo, pacientemente, tenía que esperar el transporte escolar. Y empezó la discusión. No recuerdo qué ni cómo, pero recuerdo una sarta de insultos que iban y venían de un lado a otro. De pronto, se rompió una barrera.
En las tonterías que decíamos, ella lo dejó salir. Eso que nunca se dice por ninguna razón. Esa verdad que nos hizo amigas alguna vez.
Ella dijo mi secreto.
Lo soltó así, de pronto y a mí se me estrelló en la cara. Supongo que abrí los ojos como platos. Sentí como cuando abren la puerta del avión para lanzarte del paracaídas: una ráfaga de viento que se te mete en la nariz impidiéndote respirar. El estómago se me revolvió. La furia, eso, toda mi furia se hizo una bola ardiente que empezó a subirme por el esófago. Asco, desencanto, rabia, traición. Eso era lo único que nunca, nadie, por ningún motivo debía haberme dicho. Y eso era algo que nunca antes, en ningún momento, había sentido.
La miré con los ojos inyectados, apreté la mandibula, respiré profundo…
Y escupí. Directo en la cara y sin dejar de mirarla. Fue lo más bajo que he hecho.
Se hizo un silencio sepulcral. Nadie, de las niñas que miraban alrededor se lo esperaban. Ella, mi ex-buena-mejor amiga sólo me miraba sorprendida. Nunca creyeron que yo sería capaz. Yo no sabía que sería capaz.
Di la vuelta y me fuí caminando con las piernas temblándome y los ojos llenos de lágrimas.
Al día siguiente, el liderazgo había cambiado de dueña. Y ella, nunca, nunca, nunca volvió a recibir siquiera una mirada de mi parte.
Esa historia la tenía olvidada hasta hace unos días que estaba yo de frente a la computadora, en una de esas discusiones que van in crescendo. Algo me dijo que no iba a terminar bien. De pronto, del otro lado de la pantalla, salió una frase que me hizo sentir, una vez más, el viento en la nariz que me impide respirar, el fuego en las entrañas, la rabia, el desencanto, la desilusión. Todo junto.
No pude escupirle a la pantalla, aunque lo hubiera hecho con gusto. Pero sé que nunca, nunca, nunca volveré a tener siquiera una mirada hacia ese lugar.
Todavía hoy tengo aquí, en un cajón de un baño en un departamento de Miami, un frasco sin etiqueta que contiene una “crema milagrosa” con un olor penetrante a pomada de la campana y vic vaporub. Ella la hace. Y yo, confiadísima me la unto cada noche arrugando la nariz.