No andaba muerta…

Y llegaron los 40. Acostumbrada a ser el centro de atención, esta Conejita con colita de peluche -que siempre ha gustado de la pluma, la lentejuela y hartos reflectores- esperaba los bombos y platillos, entrada triunfal y fanfarrias con mariachi.

Y es que, desde que tengo memoria (o sea, a los 30 en los que juré que cumplí 21) decidí festejar a lo grande. Y de preferencia, con un huateque temático.

Así pasó la famosa fiesta titulada “Sueño guajiro” o lo que es lo mismo, disfrácese de aquello que siempre quiso ser y que –según mi loca cabecita treintañera- en ese momento de la vida, ya lo habías cumplido (o no).

Era, según yo, un trabajo introspectivo para reconocer si uno había o no alcanzado sus metas. Ahora sé que no. Después nació la Conejita de Indias. Y armó tremendos festejos los mismo en el hueco aquel del centro histórico -conocido como La Perla de mis grandes éxitos- que en el Amapola Cabaret donde –literal- los asistentes lucieron sus mejores galas en años cuarenta.

Y el cambio de residencia no limitó mis festejos: celebré en un recién estrenado cantabar con los mejores exitos de Lupita Mi Gurú D’Alessio, armando tremendo barbecue en un jardín londinense rodeada de amigos tan extranjeros como yo, en París a punto de estrenar anillo de compromiso y finalmente, luciendo nuevo embarazo y jurándome que llegaría a los 40 mejor que Demi Moore a los 50.

En mi cabecita, el plan estaba hecho: tener un bebé, recuperar la figura, lucir el vestido más majestuoso de mis recuerdos y celebrar en algún lugar del mundo con los amigos, esos que cuentan.

¡Ah ternurita!

Los cuarenta se acercaron vertiginosamente, llegaron y me encontraron con un Bebé Tortugo radiante de seis meses, al menos cinco –que casi son 7- kilos de más acomodados en nuevos lugares de mi anatomía, en crisis cada que me acerco al clóset, con la rutina más descompuesta de mi vida y con montones de personas preguntando cada que me llaman “¿Cómo está el bebé?”, antes siquiera de saludar.

Los cuarenta llegaron y me encontraron más nostálgica que nunca de mi pasada minifama particular, envidiosa como adolescente de mi vida pasada y compartiendo los reflectores con un chiquito que se los ha ganado sólo porque mira, abre grandes ojos y sonríe como nadie.

Llegaron los cuarenta y no pasaron desapercibidos: me corté el pelo. Traducido en mi lenguaje conejil, significa que a) estoy deprimida, b) un gran cambio se está anidando en mí. Históricamente mis cortes de pelo siempre han reflejado nuevas etapas, truenes monumentales y brincos al vacío.

Y así estoy ahora, con cuarenta y pelo corto. Me siento y miro alrededor y extrañamente me gusta lo que veo, aunque no sea yo la que esté al centro dejándose admirar.

Tengo una casa, un coche, un hijo y un jardín. Me falta el perro para cumplir el esquema al que me escapé durante décadas. (¿Me estás oyendo Ana Cirré?). Sigo llevando el aro en la nariz y aún no me rindo –porque aún me falta ver El Cielo del Tibet.

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El corazón en la maleta (playlist: Fonsi y otras cursilerías)

“Y yo me voy, adiós, me fui y no me importa

Nada me detiene aquí

La vida es corta”

Quien conoce a la Conejita de Indias sabe por qué lo digo. En marzo de hace cinco años boté todo, vendí en garage mis pertenencias –incluidas las orejitas- y me subí a un avión jurando que ‘voy-vengo’.

Y que no. Que sigo acá.

El pretexto entonces fue emplearme en La Mejor Empresa de Medios del Mundo Mundial, situada en el Paraíso Tropical. Pero la verdadera razón no la vine a conocer si no hasta ahora que el horizonte no se parece ni tantito al que tenía planeado.

“Lo mejor que me ha pasado es despedirme”.

Reconocida en el Pueblo de Mis Orígenes por mi adicción al drama, mi fama es tal que el ahora mejor conocido Conejo Dueño de Mis Quincenas asegura que soy un personaje sacado de una (mala) telenovela mexicana.

No se equivoca.

El enredo, el drama y los sube y baja alimentaron mi vida amorosa –y la no tan amorosa- durante años que duraron siglos.

“Me marcho en paz

Te dejo con locura”.

¿Cómo me liberé? No lo sé. Aún no canto victoria.

Pero quiero pensar que es el superado karma de los treinta. Y que hoy, a meses de tocar los cuarenta (aunque me vea de 29), no puedo estar más que feliz de haberlos dejado atrás.

Los disfruté. Los gocé y los lloré con ganitas.

“Soy feliz de haber perdido la pelea

Yo me llevo al corazón en la maleta”.

Nunca hubiera imaginado que esa despedida, tan dolorosa entonces, me habría puesto en donde estoy. Feliz y con un lejano recuerdo de los sinsabores.

Aunque mis nuevos dramas no son para menos, incluyen a un Bebé Tortugo que llora a deshoras en mi recámara –que ya no se parece en nada a esa mejor conocida por su (amplia) variedad de empiernamientos.

Ahora toparme en la cama con uno de los cuatro muñecos de peluche que decidieron mudarse a la habitación, servir a ojos cerrados en medio de la noche un biberón y cruzarle la pierna por encima al Conejo Dueño de mis Quincenas son parte de mi nueva chick-flick particular. Y a mí me gusta esta nueva tranquilidad hasta soporífera.

Bienvenidos a la historia de la Conejita del Cuarto Piso (aunque parezca de 29).

Tan sólo tú (playlist: Franco de Vita + Alejandra Guzmán)

Bueno ya está. Tuve un bebé y luego qué.

Nostalgio con ganas. Frente a la computadora, con las letras que dejé olvidadas hace millones de años y con un playlist tan pop como los de entonces y siempre. Esos que dan título a los capítulos de mi vida.

A poquito más de dos meses de haberme metido de lleno en esta nueva aventura, tengo la vida enredada entre pañales y mamilas, huelo a leche en polvo y reconozco 27 tipos de llanto distintos.

Y no, vamos, no hay nada de malo en ello. No es queja, lamento ni reclamo. Es una realidad que se sienta encima de la realidad de las últimas décadas. No sé si me cubre, me protege o me asfixia

Y apenas estoy aquí. A dos infinitamente pocos meses de haber comenzado. Gulp.

¡No estoy gorda… estoy embarazada!

“Deberás subir entre 20 y 35 libras en los próximos meses”, soltó el doctor de plomazo, en la primera visita y sin levantar la mirada de mi expediente.

Eso en mi traducción simultánea a mi sistema de gordura México-cristiano quiere decir entre 10 y 15 kilos aproximadamente.

¡¿Qué?! ¡¿Estamos todos locos?!

El Conejito Tropical sonreía y asentía con la cabeza como si esperara que yo me pusiera contenta con semejante –literal- bombazo.

Pues no. El resto de la visita no logré escuchar lo que decía el ginecólogo, entré en pánico y me imaginé convirtiéndome en esa gordita del demonio que me persigue desde los quince, justo ahora que a mis 39 (aunque parezca de 27) había llegado a una relación de amorosa tolerancia con mi propio cuerpo -y que mis curvas y yo habíamos aprendido a caernos relativamente bien.

 

Salí de ahí con ganas de llorar. Ya sé que estoy siendo superficial, frívola y tonta y que debería estar pensando en que ése es el resultado de una nueva y “maravillosa” etapa en mi vida. Y no era precisamente yo quien iba a cambiar el asunto.

Pero cabe señalar que nunca, nunca, desde que tengo uso de razón me he subido a la báscula de buena gana. Desde que recuerdo, ella vive en mi baño y me soporta todos los días. Sé exactamente que puedo subir hasta tres kilos de la noche a la mañana. Y también cómo hacer para perderlos antes de una fiesta. No conozco una “gordita feliz” y en cualquier caso, no seré yo la primera.

Peor aún, todos a mi alrededor tienen argumentos súper válidos, súper convincentes y súper amorosos del tipo “estás albergando una vida”, “es por el bebé”, “una transformación hermosa” y todas esas frases de tarjeta de Sanborn’s que no quiero escuchar.

También está el otro bando. El de las amorosas mamás y tías que sueltan como si nada esas terribles advertencias al estilo “no te vayas a poner gorda ¿eh?.. Ya viste lo que le pasó a tu prima Chonita que nuuuunca logró recuperarse…”. Agh.

Al ritmo que mis pantalones empezaron a dejar de cerrar, el pánico se ha hecho más grande. ¿Y ahora qué? ¿Voy a terminar siendo una de esas terribles señoras en leggings? (No, no, no se confundan. Ninguna que no sea Jane Bunny Fonda se ve bien).

Además, en cuestión de minutos, se me pusieron las tetas más grandes que a una bailarina colombiana -sin cirugías ni paraíso.

Y como si faltara una ayudadita más, el Conejito Tropical insiste en tocarme la panza, mirarme con detenimiento y soltar un romántico “ya se te está notando”.

Joder.

Ahora estoy haciendo uso de mi más profunda paciencia. Mientras llega el esperado segundo trimestre -en el que por obvias razones ya nadie se pregunta si estás gorda o embarazada- me he hecho de nueve videos de ejercicios prenatales, pregunté en cuatro lugares distintos sobre yoga, Pilates y acuaeróbics ochenteros, escondí la báscula inquisidora y me rehúso –que no, que no- a comprarme unos de esos pantalones infames con resorte en la cintura en los que mi –alguna vez bien formado- trasero se transforma por arte de magia en un bonito televisor de plasma.

Quemar las navies (Playlist: Dejalo ir. Margarita La Diosa de la Cumbia)

Volver al Pueblo de Origen siempre ha sido una actividad de alto riesgo, debido a mi historial de amores, desamores e historias quedadas a mitad… y a mi increíble capacidad de meterme en problemas.

Más allá de la algarabía familiar, había decidido dar la noticia de mi estado de bienaventuranza a algunos de esos personajes del pasado.

Y tenía una sola lógica, tras jugar a la incasable, indomable y brincar sin ton ni son, tomé la única decisión seria de su vida: ser mamá.

De todos los personajes de estos siglos, solamente uno había desaparecido sin dejar rastro (aunque sí muchos estragos), sólo uno había fallado a mi mantra aquel de “todos vuelven”.

Sin su nombre en el listado, me cité, me senté en algún café y repetí el mismo cuento orgullosa de mi decisión. Me sentía feliz de ir cerrando círculos de ésos que a una le encanta ir dejando por ahí abiertos.

Pero la vida de esta Conejita no sería una telenovela de mi heroico Canal de las Estrellas si se quedara así nomás. Como si el diablo –y mi mantra– lo llamaran, el Conejo Desaparecido apareció.

­­–Seguro se divorció, dijo Business Bunny.

–Qué hueva. Borra su mensaje, me dijo la sabia Bombón Bunny

Y yo, como siempre desobedecí.

La cita fue en un café, en la misma colonia y con la misma lluvia que la ciudad me pone siempre como de escenografía nostálgica chafa.

Obvio, llegué entaconada y de pelazo, disimulando mi “nuevo estado” y sin una remaldita idea de qué hacía allí.

Apenas lo vi, se me paralizó el corazón. El pasado enterito se me hizo nudo en la boca del estómago. Se parecía tanto a él mismo, al de siempre. Seguía teniendo los ojos más negros que he visto y mientras hablaba, mi mente reconocía ese tono, ese desenfado –y ese desinterés.

Había sido, sí, un tipo importante en mi vida. Yo en cambio, nunca estuve cierta de cuánto lo fui en su vida.

Con este nuevo encuentro lo supe.

Durante la hora y media que duró el café hablamos de su presente empresarial y del mío en el extranjero. De su pasado de novias, exesposas (Business Bunny nunca se equivoca) y tiempos compartidos y de mi crónica de amor y cuento con el Conejito Latino.

Entre una cosa y otra soltó:

–Estás guapísima.

Sonreí. No muchos años atrás hubiera dado la vida por ese comentario, por ese encuentro y por volver a mirar los ojos negros más negros que he visto jamás.

Al despedirse me dio un abrazo largo. De esos que no se sabe si no quieren terminar o prometen un nuevo encuentro. Entré en pánico.

–Estoy embarazada, dije de sopetón.

Se desenredó de inmediato de mis brazos y me miró sin decir palabra.

Sonreí. Había cumplido conmigo. Es más creo que me lo había dicho a mí antes que a él. Estaba confirmando la noticia y mi nuevo estado emocional.

Salí del café y solté el llanto.

Lloré por esa historia de desamor que había terminado siglos atrás. Lloré por los meses goteados día a día a la espera de ese encuentro, por el final telenovelero de una historia telenovelera que me había dejado maldita y lisiada como de telenovela. Me senté en el parque y lloré bajo la lluvia por haberme reconstruido casi sin darme cuenta.

Antes de subirme al avión para regresar al Paraíso Tropical llamé a Bombón Bunny con un dejo de desesperación. Sentía culpa.

Tan sabia ella, detectó mi esfuerzo kamikaze de boicotear mi nueva vida.

–¿A qué le tienes miedo ahora? ¿A ser feliz?, dijo.

Me sequé las lágrimas y miré mis maletas. Sentada en la sala de espera reconocí mi capacidad inaudita para sabotear mis intentos de felicidad.

Apenas aterricé, me encontré con el Conejito Tropical esperándome con flores en las manos y la mirada más amorosa de los ojos más amorosos que me han mirado jamás.

En la sala de espera de este Paraíso Tropical estaba mi mejor historia, una que no jugaba al amor desgarrado, ni a los amantes dramáticos ni a la telenovela.

Me esperaba uno que había apostado -más que a unas noches de empiernamiento- a mirar conmigo (y con un hijo) los amaneceres de los próximos millones de años.

Y yo, estaba profundamente enamorada de ello.

 

¡Extra! ¡Extra! Conejita anuncia

Contra todos nuestros planes, el ritmo del viaje tuvo que descender vertiginosamente. Me sentía cansada como si hubiera corrido un maratón, caminaba como abuela y me tuve que comprar cinco pares de flats de varios colores para los próximos días. Este bebé tendría que agradecerme un día las fotos con falta de estilo.

Ahora lo único que me urgía era llegar a México y hacer el bendito anuncio familiar.

Preparé todo como las grandes: envolví cuidadosamente unos zapatitos tejidos y los guardé en el bolso para entregarlos en medio de mi tradicional cena de bienvenida a casa con tacos al pastor y agua de horchata.

Estábamos ahí reunidos todos los que cuentan, la familia cercana cercanísima que ha estado siempre en esos momentos para recogerme la vida cuando se me rompe a pedazos, o para festejar mi resistencia cuando la vida se me vuelve a poner en marcha.

Pero sobre todo estaban ellas, mi mamá La Coneja Jefa y la suya que también parece la mía, La Coneja Abuela.

Ésta última había resistido estoicamente noventa y tantos años esperando a que finalmente le diera la noticia. Los últimos –cansada y un poco ausente- regresaba al tema mientras yo le pintaba las uñas de rojo encendido. Como no queriendo la cosa me soltaba un “para cuándo, niña”, asegurando que ya no le quedaba mucho tiempo –y yo sabía que a la que no le quedaba mucho tiempo era a mí para ganarme sus chambritas, que me enseñara a quitarle el hipo o que me abrazara como solo ella sabe hacerlo poniendo su mano en la cara y dándome dos palmaditas.

Entregué el regalo a La Coneja Jefa que lo abrió con descuido, esperando un clásico detallito de Furla o una figurita de Swarovsky. Tardó tres segundos y medio en entender el mensaje. Su cara se iluminó y los ojos se le rebosaron de lágrimas.

–No, no, noooo, ¿en serio?, repetía ante el asombro de los presentes. Y para mi sorpresa, en lugar de correr y abrazarme, se inclinó sobre La Coneja Abuela y le decía entre lágrimas:

–¡¿Ya viste, mamá, ya viste? ¡Vamos a ser abuelas!

Parecía una niña abrazando a mamá. Y yo estaba empezando a ponerme cursi.

La Coneja Abuela entonces regresó de su letargo de los últimos años, sonrió y contó sin parar anécdotas de embarazadas y embarazos de miembros de la familia que no logro distinguir en el árbol genealógico. Finalmente me dijo con su sólita sabiduría: “Ya te estabas tardando“.

El siguiente paso era ir a ver a mi viejo Doctor de Intimidades. Por primera vez permití que mi mamá entrara conmigo a la consulta. Durante años dejarla fuera había sido casi un statement de mi independencia, una de esas acciones juveniles para marcar territorio. Nos sentábamos juntas en esa sala de espera y cuando era mi turno me levantaba casi con desdén y decía: “Ahora vuelvo”.

Ya no era necesario. Por ahora, no tenía que defender ningún territorio, La Coneja Jefa ya no era mi enemiga adolescente y yo moría por compartir con ella estos momentos.

Mi Doctor de Intimidades sonrió con la cara y los ojos cuando me vio, estaba tranquilo. Me acostó en la camilla y sentí el frío del gel en el vientre. La pantallita junto parpadeaba. De pronto mi mamá, mi hermana y la amiga inseparable Bombón Bunny ya habían atiborrado la sala, tenían los teléfonos en mano y miraban fijamente al televisor.

Para La Coneja Jefa era la primera vez frente a un ultrasonido, lo que quiere decir que se aventó tres maternidades completitas sin saber si alguno de nosotros venía completo, chueco o de plano si tejer en rosa o azul.

Yo sólo veía una masa gris con franjas blancas como todas esas que mis cursisísimas amigas habían subido a Facebook en los últimos años esperando que yo les encontrara la forma. Nunca lo logré.

Sin embargo, esta vez se abrió el espacio negro y una figurita –tipo rata- se delineaba en blanco. Tun tun tun tun tun, se oyó por toda la sala.

–Ese es el corazón, dijo mi Doctor de Intimidades.

Mi mamá estaba al borde del infarto. Poco a poco le encontré forma mientras suspiraba aliviada. Los temores de las semanas anteriores desaparecieron.

Entonces llegó uno nuevo nuevecito.

Veía la forma, el puntito que parpadeaba, a las presentes tomándome fotos como si yo fuera Paulina La Coneja Dorada Rubio y no terminaba de hacer la conexión.

¡Diablos! La teoría me decía que todo eso de la pantalla estaba ahí dentro de mí, que debía derramar lágrimas ante el ‘milagro de la vida’ y seguía ahí, muda y sin parpadear, sin saber cómo diablos me había metido en todo esto.

Contratiempos

Empezamos la aventura mediterránea con un viaje de cinco horas en tren, en pleno verano y con el aire acondicionado descompuesto. Vomité todo el camino pero no podía ser tan malo. Finalmente llegamos al Pueblo en el Tacón de la Bota. El hotel, me habían dicho, quedaba a ‘cinco minutos’. Y yo les creí.

Emprendimos el camino. El Conejito Tropical –cargado con 3 de las cuatro maletas de 23kg. cada una- trataba de infundirme ánimos cada que yo perdía el aliento en una esquina bajo el sol de la 1.30 de la tarde. Necesitaba aire, agua y una silla. No llegaba ni a las 8 semanas de embarazo y ya me sentía pesada como un hipopótamo.

Tras dar vueltas por 27 callejones empedrados y mirar en distintas perspectivas el mapa llegamos a nuestro destino. Un maravilloso y familiar bed & breakfast boutique que prometía ser un paraíso de sólo 4 habitaciones.

¿El problema? La puerta estaba cerrada.

Tocamos varias veces, sin respuesta. El Conejito Tropical me miraba con desconfianza sin articular el fatídico “¿estás segura que es aquí?”.

Tomé el teléfono y llamé.

-Lo siento, es hora de la comida. Regresamos a las 4, dijo una simpática italiana sin ninguna intención de cambiar sus planes.

¡Diablos! ¿Qué se suponía que deberíamos hacer en esa ciudad desierta en las próximas 2.30 horas?

-Busquen un lugar para comer y los veo a la vuelta.

Mire al Conejito Tropical con las orejas gachas. Era hora de explicarle que las facilidades y servicio inmediato no es una de las cualidades de los localeS

Con altas y bajas seguimos nuestro ansiado roadtrip por espectaculares ciudades, visitamos playas de ensueño y dormimos en camas de plumas para despertar, literal, con el cantar de los pájaros.

Hasta una mañana que entré al baño y el corazón se me paralizó. Dos inconfundibles manchas de sangre me dejaron fría, la cabeza me dio vueltas.

Pálida y con los ojos vidriosos, me paré en la puerta del baño. El Conejito Tropical se sentó de un golpe en la cama. En su cara había una mezcla de miedo, sorpresa y desconcierto que no había visto nunca.

-Tenemos problemas, le dije sin expresión en la cara.

El silencio en la habitación se hizo pesado. Me sentí más sola que nunca.

Llamé a mi viejo Doctor de Intimidades en México. Había sido siempre el ginecólogo que había resuelto –a cualquier hora- mis dudas más insólitas. Contestó como siempre, aunque estuviera del otro lado del mundo y con la voz adormilada.

Le conté en tres frases que estaba de vacaciones, embarazada, de 7 semanas, que había visto sangre en mi ropa interior y que tenía miedo y muchas ganas de llorar.

Respiró profundo, hizo rápidos cálculos mentales y me dio tres indicaciones.

-Tranquila, nada malo va a pasar, dijo antes de terminar la conversación.

Colgué el teléfono y le expliqué al Conejito Tropical que tenía que conseguir unas famosas cápsulas en alguna farmacia de ese pueblo perdido en un idioma que no conocía y sin receta médica.

 Sin dudarlo, salió por la puerta.

Yo que iba por ahí de invencible, jugando a la embarazada cool, no sabía si llorar y darle rienda suelta al desconsuelo o contarme el cuento de que al fin yo ni quería tanto tener un bebé.

Tardó los 20 minutos más largos de toda mi vida. Regresó con la bolsita blanca de papel en la mano, sin aliento y con el sudor escurriéndole por la frente.

Respiró profundo y se sentó a mi lado en la cama con una nueva tranquilidad en el rostro.

-No te preocupes, no hicimos nada mal. Si lo perdemos, es que ese bebé no era para nosotros. Ya tendremos otra oportunidad. Y si no, significa que seremos nosotros dos para siempre. Te amo.

Hundí la cabeza en la almohada. Tenía el corazón aliviado. Por primera vez –tenía que reconocerlo- no estaba sola en las aventuras de dos.

-Post original aquí

@conejitadindias