Yo no sé discutir.
Y no es broma. Sé pelear, encorajinarme, patalear, gritar, aventar floreros, hacer aspavientos, mover los bracitos y colgar con tremenda fuerza el teléfono.
Todo eso me sale re-bien, pero no sé discutir. Peor aún, no sé discutir en pareja.
Y si nos ponemos dramáticos, histéricos e históricos, echémosle la culpa a mi historial familiar.
Y ahí viene Freud.
Crecí en una casa donde Doña Coneja Jefa se encargo de decidir, dar órdenes, mantener, encorajinarse y voltearme la boca con dos que tres cachetadones cuando meritaba mientras el Señor Conejo miraba la televisión.
En ocasiones, ya con la más absoluta desesperación, la Coneja Jefa se le ponía muy cerquitita, lo miraba fijo y le llamaba por su nombre completo. Eso significaba que la cosa ardía.
Pero no, no. No confundamos. No discutían.
Ella peleaba. Ella se enojaba. Ella resolvía.
Era ella la que decidía, decidió y decidirá. Ahora, antes y después del Señor Conejo.
Y así crecí. Y así soy yo. Será por eso, o por que nací respondona, pero yo no sé discutir.
Resulta que a la más mínima (o no tan mínima) provocación mi primer pensamiento suicida es echar todo por la borda, mandar ésto directito al carajo y pensar que “a mí quién me manda” si tan bien que me la paso solterita.
Y hasta ahora había funcionado. En mi historial de relaciones amoroso-tormentosas el ir y venir, dejarnos y recogernos, te tengo-te pierdo era una constante. Una especie de adicción adrenalínica que me mantenía la boca del estómago apretujada. Y el corazón atarantado de tanto vaivén.
Y seguía solterita y pasándola bien. O casi.
Pero ahora la cosa cambia. Somos dos. Intento pensar en dos. Y proyectarme la vida en dos.
Y la cosa no me va saliendo tan mal hasta el primer desacuerdo. Enfurezco.
Y no tengo ni la más mínima idea de cómo pasar de la furia que me nubla los ojos a un encontentamiento tranquilo sin sentirme rencorosa durante tres días.
No sé dormir enojada. No sé fingir que todo va bien. No sé tampoco perdonar rapidito. Ni sentir que alguien más –y no yo- se salió con la suya.
No sé cuánto tiempo “está bien” estar enojada. No me sale la estrategia “no me toques”. Y no sé cómo hacerle para que “no vuelva a pasar”.
Recuérdenme cuándo dije que me quería casar.