tan sólo tú (playlist: Franco de Vita + Alejandra Guzmán)

Bueno ya está. Tuve un bebé y luego qué.

Nostalgio con ganas. Frente a la computadora, con las letras que dejé olvidadas hace millones de años y con un playlist tan pop como los de entonces y siempre. Esos que dan título a los capítulos de mi vida.

A poquito más de dos meses de haberme metido de lleno en esta nueva aventura, tengo la vida enredada entre pañales y mamilas, huelo a leche en polvo y reconozco 27 tipos de llanto distintos.

Y no, vamos, no hay nada de malo en ello. No es queja, lamento ni reclamo. Es una realidad que se sienta encima de la realidad de las últimas décadas. No sé si me cubre, me protege o me asfixia

Y apenas estoy aquí. A dos infinitamente pocos meses de haber comenzado. Gulp.

CONTRATIEMPOS

Empezamos la aventura mediterránea con un viaje de cinco horas en tren, en pleno verano y con el aire acondicionado descompuesto. Vomité todo el camino pero no podía ser tan malo. Finalmente llegamos al Pueblo en el Tacón de la Bota. El hotel, me habían dicho, quedaba a ‘cinco minutos’. Y yo les creí.

Emprendimos el camino. El Conejito Tropical –cargado con 3 de las cuatro maletas de 23kg. cada una- trataba de infundirme ánimos cada que yo perdía el aliento en una esquina bajo el sol de la 1.30 de la tarde. Necesitaba aire, agua y una silla. No llegaba ni a las 8 semanas de embarazo y ya me sentía pesada como un hipopótamo.

Tras dar vueltas por 27 callejones empedrados y mirar en distintas perspectivas el mapa llegamos a nuestro destino. Un maravilloso y familiar bed & breakfast boutique que prometía ser un paraíso de sólo 4 habitaciones.

¿El problema? La puerta estaba cerrada.

Tocamos varias veces, sin respuesta. El Conejito Tropical me miraba con desconfianza sin articular el fatídico “¿estás segura que es aquí?”.

Tomé el teléfono y llamé.

-Lo siento, es hora de la comida. Regresamos a las 4, dijo una simpática italiana sin ninguna intención de cambiar sus planes.

¡Diablos! ¿Qué se suponía que deberíamos hacer en esa ciudad desierta en las próximas 2.30 horas?

-Busquen un lugar para comer y los veo a la vuelta.

Mire al Conejito Tropical con las orejas gachas. Era hora de explicarle que las facilidades y servicio inmediato no es una de las cualidades de los localeS

Con altas y bajas seguimos nuestro ansiado roadtrip por espectaculares ciudades, visitamos playas de ensueño y dormimos en camas de plumas para despertar, literal, con el cantar de los pájaros.

Hasta una mañana que entré al baño y el corazón se me paralizó. Dos inconfundibles manchas de sangre me dejaron fría, la cabeza me dio vueltas.

Pálida y con los ojos vidriosos, me paré en la puerta del baño. El Conejito Tropical se sentó de un golpe en la cama. En su cara había una mezcla de miedo, sorpresa y desconcierto que no había visto nunca.

-Tenemos problemas, le dije sin expresión en la cara.

El silencio en la habitación se hizo pesado. Me sentí más sola que nunca.

Llamé a mi viejo Doctor de Intimidades en México. Había sido siempre el ginecólogo que había resuelto –a cualquier hora- mis dudas más insólitas. Contestó como siempre, aunque estuviera del otro lado del mundo y con la voz adormilada.

Le conté en tres frases que estaba de vacaciones, embarazada, de 7 semanas, que había visto sangre en mi ropa interior y que tenía miedo y muchas ganas de llorar.

Respiró profundo, hizo rápidos cálculos mentales y me dio tres indicaciones.

-Tranquila, nada malo va a pasar, dijo antes de terminar la conversación.

Colgué el teléfono y le expliqué al Conejito Tropical que tenía que conseguir unas famosas cápsulas en alguna farmacia de ese pueblo perdido en un idioma que no conocía y sin receta médica.

 Sin dudarlo, salió por la puerta.

Yo que iba por ahí de invencible, jugando a la embarazada cool, no sabía si llorar y darle rienda suelta al desconsuelo o contarme el cuento de que al fin yo ni quería tanto tener un bebé.

Tardó los 20 minutos más largos de toda mi vida. Regresó con la bolsita blanca de papel en la mano, sin aliento y con el sudor escurriéndole por la frente.

Respiró profundo y se sentó a mi lado en la cama con una nueva tranquilidad en el rostro.

-No te preocupes, no hicimos nada mal. Si lo perdemos, es que ese bebé no era para nosotros. Ya tendremos otra oportunidad. Y si no, significa que seremos nosotros dos para siempre. Te amo.

Hundí la cabeza en la almohada. Tenía el corazón aliviado. Por primera vez –tenía que reconocerlo- no estaba sola en las aventuras de dos.

-Post original aquí

@conejitadindias

El exorcista (Playlist: Hoy me voy de Kany García)

Una vez prometido al Conejito Tropical que guardaríamos el secreto de este embarazo por lo menos tres meses, corrí a contárselo a mi hermano, mi hermana, dos amigas y un conocido.

Estaba siendo súper discreta considerando el tamaño de semejante bomba noticiosa digna de publicarse in-me-dia-ta-mente-en Facebook.

Antes de hacer maletas para nuestro ansiado viaje por Las Sensuales Costas Mediterráneas , decidí comportarme como una chica responsable e ir a un médico para la revisión de rutina. Bastaba un “usted está perfecta y hecha un bombón” para que yo me subiera al avión sin mirar ni tantito atrás.

Con apenas 5 semanas de embarazo y 437 dudas, la enfermera me recibió a regañadientes, en una cita de 7 minutos exactos. Me tomó muestras de sangre y orina para confirmar mi estado de bienaventuranza e hizo las preguntas de rutina.

-Where are you traveling?, dijo en inglés a pesar de que yo insistía en hablarle en español.

-Italia y…

Sin dejarme terminar, recitó de memoria que debía evitar las carnes frías , la comida chatarra, los embutidos, los quesos no pasteurizados, los mariscos, ciertos pescados y –como si fuera poco- que me mantuviera alejada del vino.

Alcé las cejas sorprendida y abrí la boca sin emitir sonido. ¿Estamos todos locos? ¿De qué se supone que me voy a alimentar los próximos nueve meses?, pensé. Guardé silencio tratando de ser prudente.

- También voy a México , dije tímidamente.

Entonces fue ella la que abrió los ojos como platos y comenzó con una retahíla de advertencias:

-Ten mucho cuidado -dijo como si estuviera a punto de tomar un vuelo a El Cairo-. No tomes agua, olvídate de las ensaladas, las verduras crudas y la fruta. Es muuuy peligroso.

Serán mis aires de chica noruega que la confundieron, pero parece que la susodicha no entendió que esta Conejita más curvilínea que carretera a Machu Picchu, junto con otros millones de paisanos crecieron a base de tacos al pastor y agua de horchata .

El embarazo estaba comenzando a parecer más complicado de lo que pensé.

Regresé a casa ligeramente devastada, cargada de recomendaciones y unas asquerosísimas pero indispensables vitaminas prenatales.

Puse manos a la obra y comencé a acomodar mis tacones de impacto , los bikinis brasileños y mis eternos skinny jeans en las dos maletas de 23.1 kilos cada una –porque viajar ligero es un invento de los maridos histéricos.

Ante la mirada sutilmente inquisidora del Conejito Tropical, metí a regañadientes una enorme camisa holgada de lino y unos flats –que mi madre, la Coneja Jefa llamaría chanclas .

Finalmente subimos al avión, rechacé con nostalgia mi primera copita de vino y abrí con desenfado mi revista Vogue edición especial, mientras le pasaba al Conejito Tropical ese que me habían dicho era el indispensable libro “What to expect… (después de los 35)”.

Eché la cabeza atrás, respiré profundo y me aseguré de que nada me echaría a perder esta segunda luna de miel que parecía la primera.

Unos minutos después, el Conejito Tropical me miró con la ternura más grande que he visto en sus ojos y me preguntó qué tan bien me sentía pues –según leía- los síntomas comenzaban en esa precisa y fatídica semana 6 .

-Agh- contesté con cierto fastidio. Nada. Estoy perfecta y me siento CERO embarazada .

Tres horas después, el espíritu del exorcista se apoderó de mí y me encontré encorvada en el minúsculo baño del avión. Nauseabunda e insoportable vomité como en una de esas borracheras adolescentes de antología. Sólo me faltó que la cabeza me diera vueltas.

Me miré al espejo y descubrí con horror unas profundas ojeras, la piel paliducha y mis delicadas manos hinchadas como si hubiera amasado tamales la noche entera.

¡Demonios!, pensé. Esto no estaba saliendo como planeado.

Regresé a mi lugar a trompicones, lancé una mirada fulminante al Conejito Tropical, me puse unos enormes lentes obscuros y giré la cabeza hacia la ventanilla.

- No puede ser tan grave , repetí en voz alta y con cierta esperanza en el tono de voz. Después de todo, sólo duraría nueve meses.

 

@conejitadindias

Post original en Vista Magazine

¿Te cae?

Cerré y abrí los ojos repetidamente tratando de distinguir las dos rayitas del test en el baño de la oficina. Después de echar a perder el primer test , en este segundo no podía haberme equivocado. Eran dos por más que yo enfocara para hacer desaparecer una. ¡Diablos! Pensé. Estaba aterrorizada.

2013-06-03 15.17.14A punto de cumplir 39 –aunque parezca de 25-, había pasado decenas de veces odiando rayitas, mordiéndome los labios y murmurando “no, no, porfa no. Te juro que no lo vuelvo a hacer sin cuidarme”, pero ésta era la primera vez que hacerlo había sido una decisión consciente y madura . Ok no. Sólo consciente.

Y es que, tras una boda tardía pero como Dios manda (incluido el mariachi) y con una horda de abuelas preguntando ‘para cuándo’, el Conejito Tropical y yo habíamos decidido crecer la familia . O por lo menos, habíamos acordado que en algún momento sería buen momento. Pero no se suponía que sucedería ese viernes, en esa oficina y con un viaje en puerta.

Tenía que estar segura antes de tomar cualquier decisión. Corrí al CVS, compré la (tercera) prueba de confirmación –de esas con resultados con todas sus letras- y le pedí a la cajera que me dejara probarla ahí mismo en el baño conocido por los yunkies de la zona.

PREGNANT , se leía en tercas letras negras Arial Bold. Joder.

En mi cabeza cruzó la imagen de mi nuevo vestido en-ta-lla-dí-si-mo de Zara que tendría que regresar, de mis anhelos profesionales puestos en un indefinido standby y de los viajes en el tintero que estaban por quedarse ahí mismo: en el tintero. Tenía ganas de llorar.

Armada de valor regresé a la farmacia, compré una tarjeta de ‘felicitación’ y una cajita para el test. Me subí a mi hermoso convertible tipo Barbie -del que presentí pronto tendría que despedirme- y corrí a encontrarme con el co-culpable de tremendo enredo. Durante toda la cena entre amigos fingí como las grandes. Mis dotes de actriz de Hollywood no me defraudaron cuando rehusé el vino con nostalgia culpando a los antibióticos.

Una vez en casa armé el tinglado. Mientras el Conejito Tropical pasaba sus consabidos cuarenta y cinco (sí, cuarenta y cinco) minutos en el ritual del baño untándose cremas, aceites y menjurjes antes de ir a la cama, dispuse tarjetita, test y a Abelardo , nuestro peluche de cabecera, en la mejor posición para dar la noticia.

Cuando salió fingí estar entretenida en el iPad mientras grababa la escena. ¿Quién me dice que en un futuro no se convertiría en la escena principal de mi película biográfica interpretada por la estrella del momento?

Casi con descuido murmuré:

–Te dejé un regalito en la cama.

Se acercó desconcertado y abrió el sobre. Sacó la tarjeta titubeante y leyó sin entender: “Fatherhood fits you”. Miró el test que con todas su famosas letras negras Arial Bold le daban la noticia.

Abrió los ojos como platos y se hicieron los cinco segundos de silencio más pesados de la historia.

En mi cabeza cruzaron como en película todas las reacciones imaginables desde un tierno abrazo fundido en un beso de novela hasta una huída desperada saliendo despavorido por la puerta. Contuve el aliento.

Entonces, el Conejito Tropical volteó a mirarme casi en cámara lenta mientras agitaba el test con la mano y al tiempo que gritaba –sin un ápice de ternura y con toda la testosterona del caso:

–¡Le pegamos, Chapi. Le pegamos!

¿Te cae?

@conejitadindias

Post original aquí

Pura madre

Inútil hacerme la loca. Desde hace meses mi Facebook se llena de panzas, ecografías, estudios fotográficos de recién nacidos y mamás orgánicas que nos enseñan a amamantar en público y a usar el “fular”.

Mis últimos eventos pasan de baby showers a bautizos y yo –de treinta y muchos, recién casada y presionada por las miradas inquisidoras de ‘para cuándo’- asisto con la certeza de que los niños ajenos no me gustan.

Eso no es novedad.

Hace varios años, en una cena de Navidad, advertí con una copa en la mano que finalmente estaba considerando la posibilidad de tener un hijo. La atrevida noticia le puso el ojo Remi a mi mamá mientras el resto de la familia me tiraba de a loca sabiendo que ni por error abandonaría mi sabrosa vida de soltera, treintañera y desfachatada.

Poco después, me propusieron aquello de congelar mis óvulos para reseñarlo en una conocida revista de ciudad.

“Así los puedes usar –fresquecitos y juveniles- cuando quieras tener hijos”, más o menos fue la explicación.

Parecía un experimento del demonio, no tenía intención de gastar lo de mis viajes en una congeladora de bebés y otra vez la maternidad parecía una experiencia totalmente incompatible con mi vida de empiernamientos intermitentes.

En otra ocasión, el hombre gay que más quiero en el mundo y su pareja hablaron de niños. Yo, ofrecida y aventada como siempre, le propuse mi vientre en alquiler. Bueno, de a gratis. Algunos pusieron el grito en el cielo y ellos vieron una posibilidad de tener un hijo. La vida me cambió de país y el DF se volvió como Ámsterdam con la aprobación de los matrimonios gay, las adopciones por parte de solteros y ya nadie necesitó de mi ofrecida pancita.

Al final, terminé en Miami. Me puse seria, amarré al dueño de mis quincenas y empecé a ver con menos náuseas a las embarazadas de mi timeline.

En una seria conversación prenupcial, el susodicho y yo acordamos que en un futuro tendríamos un hijo “sin estrés y si dios quiere”. Y si dios no quisiera, pues dejaríamos que la vida siguiera su ritmo que es bastante divertido así, sin bebés, para dos viajeros bailadores y desparpajados.

Hace unos meses, visitamos a una pareja de amigos periodistas cincuentones –y sin hijos. Su vida, su departamento en un barrio hipster de Bogotá y sus logros profesionales se parecían mucho a la vida de revista que había proyectado para nosotros.

Hasta que ella me dijo seriamente: “Entre un viaje y un proyecto se nos pasó el tiempo. Y creo que nos equivocamos”.

Insistí con mi teoría del instinto maternal perdido.

“Es mejor arrepentirse de tenerlos que de no haberlos tenido”.

Como si fuera poco, hace unos días una buena amiga, coetánea y con la misma reticencia a la cosa maternal, subió a FB su foto con una gran panza que predice gemelos.

Había perdido a mí última compañera de equipo.

En una plática rapidita me confesó que la cosa no sucedió en un empiernamiento a media luz y con música de fondo. La convencieron haciéndole manita de puerco y la decisión fue totalmente racional: una inversión de unos cuántos miles de dólares, un tratamiento In Vitro, pidió “dos de una vez” para no repetir el numerito. Y, sin lágrimas cursis de emoción, ahora es la feliz próxima mamá de dos, para acabar con la tarea como debe de ser: justo antes de cumplir cuarenta.

Yo en dos meses cumplo 39 y mi reloj biológico sigue mudo. Cada mes vuelvo a sentir mi infaltable cólico menstrual. Y a diferencia de mis histéricos cuidados de adolescente, ahora el ginecólogo dice que estoy ‘en mi punto’, tengo un monitor de ovulación, me empierno con el susodicho en días fértiles, sin cuidadito alguno y, al terminar, cierro los ojos con miedo de que suceda pero esperando que ‘pegue’.

Lo único malo es que ahora no pega.

Y no puedo  dejar de pensar en que pronto llegará la hora de decidir si agotar las posibilidades –y los recursos amorosos y financieros- para tener una cuna en la casa o de olvidar ese capítulo y asumir –sin dramas- que para mí no habrá más día de las Madres que el que le festejo con gusto a mi propia mamá.

Cinco de mayo o del por qué (no me) importa la batalla de Puebla

Me había negado.

Durante los poquito más de cuatro años que llevo viviendo en Estados Unidos miré siempre con desdén los festejos del Cincou de Mayo. Sí, esos con “u” al final de la primera palabra.

Soy una especie de grinch. Me fastidian las ideas de Martha Stewart para organizar una “Fiesta” –que debe incluir guacamole y papel picado. Me hacen levantar una ceja esas tiendas de decoración que aprovechando el mes se ponen folclóricas, me repelen estas ofertas latinosas y hasta las app para localizar shots de tequila. En fin, siento que me revienta esta mexicanidad mal calendarizada.

Soy chilanga y la batalla de Puebla me es medio inclusive, vamos, por más que la televisión en español intente vendérmela como mi mayor fiesta nacional.

Esta mañana recibí una nueva invitación.

Quería regalarte unos pases VIP para este domingo de evento de Cinco de Mayo Brickell Fest. El pase VIP incluye acceso a una carpa especial, donde te darán un sombrero, tarro y una bebida de cortesía…”, decía.

Estaba yo a punto de sacar toda mi mala leche imaginándome deambulando con sombrero de Speedy González y un tarro de margarita aguada en la mano, cuando recapacité.

La ocasión no puede seguir siendo sólo una oportunidad para aventarle mi cátedra de DíadelaIndependencia a cuanto colega extranjero se me acerque con una felicitación en la boca por “el cinco de mayo”.

Es más, la ocasión ni siquiera es muy distinta de mis quinces de septiembre patrioteros comiendo pozole en Coyoacán o gritando Vivas en el zócalo o cantando el himno mexicano a todo pulmón –ojo Remi incluido- en la embajada del país que me albergue.

Y aunque me asfixie esta sensación de inmigrante, de hispana, de latina, de minoría y de cuanta etiqueta me vayan colgando, va siendo hora de asumir que aunque vivo cerquita, estoy en el país de junto. Y que aunque vuelvo cada que puedo, mi casa es donde duermo cada noche.

Y que aunque una se niegue, soy parte de las estadísticas: soy una de los 11.4 millones de mexicanos inmigrantes que vivimos acá –somos más que los chinos pues, una de las poquitas afortunadas (11%) con permiso de residencia legal y escogí el mismo destino que el 96% de los que nos fuimos del país. Vamos, hasta le ajusto a la edad promedio –sí sí, 38 aunque parezco de 29.

Así las cosas, aunque me encante el alboroto del quince, el domingo me da un buen pretexto para evaluar mi integración al entorno, mi desempeño en calidad de inmigrante por puritito gusto y de redescubrir el verdadero significado de mi mexicanidad en este ya no tan extranjero –aunque me niegue a ponerme sombrero y a tomar margarita en tarro.

HOY TENGO QUE DECIRTE MAMÁ

tengo un dolor de eso que acostumbran acomodarseme entre el pecho y el ombligo. la Coneja Jefa esta lejos. y no físicamente , que eso tambien. Si no lejos de conectar conmigo. no sé qué nos paso. bueno sí, nos enfermamos. las dos. aunque solo ella va al doctor. de una enfermedad que no entendemos. ni ella, ni yo. que me la roba a ratos. la reconozco cuando llega por su tono al telefono. me he vuelto una experta distinguiendo los graves de las voces al otro lado de la línea. lo sé. cuando le faltan campanitas, cuando su “hola princess” está falto de emoción es que volvió. esa enfermedad que se la lleva y trae cuando quiere. y yo como siempre digo las cosas de bulto, de a golpe. sin mesura y ahí voy por la vida lastimando a los demás. ahora le hice daño y se desconectó. de mí. de ese hilo invisible que me gustaba tanto que nos uniera. me siento muy sola. muy. ella también. lo sé. y no sé como hacer para remediarnos.