Me lo hubieran dicho antes: que la piscina es -por excelencia- el centro de encuentro de nuevos amigos, galancetes de -valga la redundancia- balneario y anexas. Ash, ¡me hubiera ahorrado tanto tiempo!
Pues así, en apenas unas cuantas apariciones triunfales en bikini-lente oscuro de a peso pieza-havaiana blanca-bolso de playa ed hardy y tremendo toallón, ya llevo dos amigos.
La primera es una chiquilla chiquitita. Estaba ella, morenita y tropical, con mucho iPod metido en las orejas cuando me le paré enfrente con la técnica ideal: taparle el sol.
-¿Estás sola? pregunté con gran sonrisa
-Nou hablo españoul, contestó la morenaza que resultó ser francesa, judía de origen marroquí.
Joder. Me fui a encontrar a la única extranjera que no habla español en el Paraíso Tropical.
En mi mejor lengua extranjera, le expliqué que estaba picándome los ojos del aburrimiento y que le proponía ser amigas, conejas y comadres. Aceptó.
Desde entonces, la Conejita Universitaria pasa religiosamente en pantuflas y gran taza de café con leche a desayunar conmigo. Y nos intercambiamos con harto gusto revistas de moda y bronceadores a la orilla de la piscina.
Y en esas estábamos cuando apareció el chiquillo: rubio, alto, ojo azul, deslavado y con cuadritos en donde se deben de tener. Como todo Conejo Atleta Alfa se paseó dos veces alrededor de la alberca y se tiró tremendo clavado.
Lo miré indiferente, sonreí, me puse los lentes y dormité. El anzuelo había sido lanzado.
Tras varias vueltas de todos los estilos de nado, cayó.
Escurriendo y con los ojos entrecerrados por el sol caminó hasta mi tumbona y en su perfectísima lengua -para mí extranjera- me pidió “un poquito de bronceador”. Ah qué bonita la técnica del pretexto pa’ interactuar.
Apliqué mi mejor sonrisa, desplegué mi colección completa de bronceadores en todas las escalas de protección y terminamos en gran chacota yéndonos a comer juntos.
Subí a mi piso recién decorado, bronceadita y contenta. La Conejita estaba poniendo orejas a la obra.
Así que al mejor estilo de Lola la Coneja Trailera monté en el armatoste aquel y manejé las decenas de millas que me separaban de mi Ikea de confianza. Regresé con tremendo sofá rojo-red y lo subí, literal a cuestas, al bonito piso del Paraíso Tropical.
Durante años, muchos, en mi habitación hubo una “colección oficial de Conejitos del Pasado Remoto”. Colgaba triunfante en una pared. Y como si nada. Conejitos iban, Conejitos venían y yo defendí el hecho de que formaran parte de la decoración porque, argumentaba, habían formado parte esencial de mi vida.
Y celos retroactivos.
Me detuve un segundo, sacudí la cabeza, busqué despacito las palabras mientras lo miraba con los ojos abiertos como platos. ¿Pero a quién jodidos se le iba a ocurrir que yo me enamoraría de un tipo inteligente, culto, de papel y lápiz en la mano, que va por la vida con ese aire desenfadado, de hombros caídos, piel oscurita y mechón de pelo cayéndole insistentemente en los ojos? ¿Quién pensaría que a mí me gusta que me hable de viajes y tierras lejanas, que intercale citas mientras me habla, que me trate con fingida indiferencia y luego explote en una carcajada ante cualquiera de mis barbaridades? ¿Pero cómo demonios se le iba a ocurrir a alguien que yo lo mirara de reojito para encontrarlo mirándome de reojito y sonreírnos cómplices como sabiendo que no sabemos nada pero están relindas las horas que se nos pasan enmedio…?